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La flauta mágica en 1791: cómo nació la ópera alemana más representada

Viena, 30 de septiembre de 1791. En el Theater auf der Wieden, una sala instalada en el patio del enorme complejo del Freihaus, justo fuera de las murallas, un nuevo Singspiel vive su estreno. El compositor dirige desde el teclado: Wolfgang Amadé Mozart, treinta y cinco años, con apenas dos meses de vida por delante. El libretista está en escena, con un traje de plumas. Emanuel Schikaneder, actor, empresario y director del teatro, había escrito para sí mismo el papel del pajarero Papageno. La Reina de la Noche la cantaba Josepha Hofer, cuñada de Mozart, cuyo extraordinario registro agudo dio forma a las dos arias más famosas de la partitura.

Aquello no era la ópera de la corte imperial. Schikaneder dirigía un escenario popular de los suburbios, y su compañía conocía a su público: gente que venía por el espectáculo, la comedia, la maquinaria escénica y las canciones. Mozart compuso exactamente para esas fuerzas. El resultado es un cuento de hadas con una serpiente gigante, pruebas de fuego y agua, canciones estróficas de aire popular para Schikaneder, coloratura estratosférica para la Hofer y, entretejidas en todo ello, algunas de las páginas más serenas y luminosas que jamás escribió.

La flauta mágica pertenece por entero al último año de Mozart, escrita junto a La clemenza di Tito y el Requiem que dejaría inacabado. Él mismo dirigió las dos primeras funciones y luego siguió el éxito con evidente placer; sus cartas a su esposa Constanze hablan de salas llenas y de números que hubo que repetir. Murió el 5 de diciembre de 1791. La ópera siguió en cartel. En noviembre de 1792 Schikaneder ya podía anunciar la centésima función en el teatro de la Wieden, una racha asombrosa para la época.

Como Mozart era masón, y Schikaneder también había pertenecido a una logia, la ópera arrastra desde hace mucho una lectura masónica: los tres templos, los acordes triples, las pruebas, el paso de la noche hacia la luz como imagen de una iniciación. Es una manera de escuchar la obra, y muy sugerente, aunque no un hecho probado. La pieza sostiene esa lectura sin depender de ella; los niños llevan más de dos siglos siguiendo la historia encantados sin notar nada de todo esto.

Su posteridad ha sido extraordinaria. Goethe admiraba tanto la ópera que empezó una segunda parte que nunca terminó. En una década se había extendido por todos los territorios de habla alemana, y desde entonces no ha salido nunca del repertorio. Hoy La flauta mágica es la ópera en lengua alemana más representada del mundo, y en muchas temporadas figura en lo más alto de las estadísticas mundiales de todas las óperas. Casi cada noche, en algún lugar de la tierra, una Reina se desata en sus coloraturas y un pajarero cuenta hasta tres. Este sitio existe para decirle dónde.

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