Para muchos, sencillamente el Tamino: su grabación de 1964 con Karl Böhm sigue siendo la referencia. Murió a los 35 años tras una caída, semanas antes de su debut en el Met, dejando una de las carreras más breves y queridas de la ópera.
Creció pobre en Kusel, tocó la trompa en orquestas de baile para pagarse la escuela y llegó a Friburgo con una beca; del resto se encargó la voz. Lo que queda es cruelmente poco y completamente vivo: un Tamino, una Dichterliebe, algo de Bach y de opereta, discos que en sesenta años no se han agotado ni una sola vez. Su tumba está en Múnich; su busto, en la pequeña ciudad de la que salió.